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Consecuencias educativas… sí, pero en los demás

Mucho se habla de las consecuencias educativas. A veces como eufemismo de castigo, otras como forma de ir enseñando a los niños lo que es la vida. Pero, ¿la vida es eso? Pues en parte sí, pero más bien no. Depende de dónde estén ubicadas esas consecuencias.

Está claro que en la vida hay consecuencias, pero no siempre se dan o no las esperadas. Si robas vas a la cárcel. O no (si no te pillan). Si excedes el límite de velocidad te multan. O no (si no te pillan). Si cruzas en rojo te atropellan. O no (si tienes suerte). Si tratas bien a los demás te tratarán bien. O no (según con quién topes). Las cosas son multicausales y ni haciéndolo mal nos va a ocurrir siempre cosas malas ni haciéndolo bien buenas. Nada es tan predecible. Y, los niños, lo saben.

¿Es útil educar con consecuencias educativas?

La educación basada en consecuencias es en parte, a mi parecer, una falacia. Está claro que hay que respetar unos límites y normas sociales y que guiar a nuestros hijos a que aprendan a respetarlas es de nuestras primeras funciones como padres. Pero no que las respeten por miedo, no, sino ¡POR CONVICCIÓN! Que no roben porque respeten los bienes ajenos, no por miedo a ser cazados. Que respeten el límite de velocidad por el peligro que entraña para ellos mismos y para los demás, no por temor a que aparezca la Guardia civil.  Que crucen como es debido por lo mismo. Que sean respetuosos con los demás porque cualquier ser humano es valioso, no por esperar que se porten bien “de vuelta”.

Al educar con consecuencias educativas, lo que hace el común de los mortales es PONER CONSECUENCIAS AL PROPIO NIÑO POR DETERMINADA CONDUCTA.  Y ahí está, a mi parecer, el error. Eso hace que el niño se centre en su propio malestar por ser castigado, porque poner una consecuencia es ni más ni menos que eso ya que le genera malestar. Perdemos la oportunidad de que piense en la CONSECUENCIA PARA EL OTRO, en cómo a las personas les afecta ese comportamiento, que es lo que realmente es importante, desarrollar el sentimiento de comunidad ya que vivimos en interrelación constante.

Con el uso de consecuencias educativas:

  • enseñamos al niño a pensar en sí mismo, es decir, hago o no hago esto en función de si recibo o no algo bueno o malo (no porque sea bueno o malo para otra persona, la sociedad…)
  • generamos dependencia hacia un adulto que controle, como un guardia civil, la conducta del niño ya que esta viene regulada por otra persona
  • favorecemos que lo siga haciendo a escondidas
  • no confiamos en que el niño sea capaz de aprender para la próxima vez que se encuentre en una situación similar ni de resolver, reparar el daño causado y así lo asume el niño, interfiriendo en su autoconcepto y autoestima
  • enseñamos al niño que el conflicto se resuelve con más violencia y con imposición

En definitiva, en mi opinión el uso constante de consecuencias como herramienta educativa nos priva de poder aprovechar multitud de ocasiones en las que podemos ayudar a nuestros hijos en el desarrollo de su sistema moral.

CÓMO EDUCAR CON CONSECUENCIAS PARA OTRO

Tan fácil como desarrollando la teoría de la mente: la capacidad de atribuir pensamientos, sentimientos… a otras personas. Para ello podemos:

  1. De forma indirecta (con situaciones ajenas que observemos):
  • “Descifrar” lo que puede estar pensando y viviendo otra persona: analizando su tono de voz, expresión facial, postura, gestos… No se trata de acertar, sino de que nuestros hijos vean que TODOS sentimos y nos afectan los comportamientos de los demás. Podemos hacerlo observando con ellos en la calle, en el parque, reflexionando sobre situaciones que ellos nos cuenten o nosotros les contemos.
  • Reaccionar a situaciones de conflicto sin entrar al trapo y reflexionando con nuestros hijos sobre qué le puede pasar a la otra persona para estar enfadada.

2. De forma directa:

  • Ayudarle a ponerse en el lugar del otro cuando tenga un conflicto.
  • Guiarle para procesar cómo se puede estar sintiendo la otra persona en relación a su comportamiento.
  • Ayudarle a encontrar la manera de resolver la situación, de resarcir al otro si fuera necesario.

No se trata de hacerle reflexionar sobre “¿te gustaría que te hicieran eso a ti?”, que ya tiene un tono regulero normalmente. Porque, y de nuevo, lo importante en ese momento no es cómo se lo tomaría él, sino cómo se siente la otra persona. Y porque, además, cómo me siente a mí algo, no significa que a otra persona le siente igual. Hay gente a la que las bromas no les molestan y otros a los que sí.

Es importante tener en cuenta que me parece prioritario en primer lugar ser capaces de VER a nuestro hijo o alumno, de descifrar para qué hace lo que hace ya que todo comportamiento tiene un propósito, se dirige a algo, normalmente a la búsqueda de la pertenencia. Por tanto, tendremos que ser capaces de reconocer qué creencia ha elaborado nuestro hijo o alumno que le lleva a sentir que debe hacer eso para ayudarle, alentarle, a desmontar esa creencia.

¿Te gustaría iniciar un cambio?

Si todo esto de las consecuencias educativas te chirría y no sabes por dónde empezar, te recomiendo que leas este post sobre educar sin premios ni castigos. También te invito a que participes es una especie de reto que acabo de lanzar para “prepararnos” para el verano en familia: la operación hijini ja, ja, ja. Serán 21 días en los que irás recibiendo diversos correos para conseguir un verano calmado en el que potenciemos la conexión con nuestros peques, nos conozcamos más y mejor y podamos pararnos a practicar la educación que queremos para ellos. Tienes toda la info y el formulario de inscripción aquí. Para cualquier consulta no dudes en contactar conmigo en nuevemesesyundiadespues@gmail.com

consecuencias educativas

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¿Qué opinas de todo esto? ¿Sueles usar consecuencias educativas clásicas? Me encantaría conocer tu opinión y vivencias.

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¡Gracias por leerme!

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